lunes, 18 de noviembre de 2013

Amor y duelo en La ridícula idea de no volver a verte

Por Cecilia Salinas

La científica polaco-francesa
Marie Curie es recordada por su extraordinaria labor en el campo de la Química y de la Física y su descubrimiento del radio en forma conjunta con su esposo Pierre Curie, científico como ella y profesor de la Universidad Sorbona de París. Supe algo de ella por primera vez cuando estudiaba en una academia capitalina para postular a la universidad. Allí nos dieron una separata con una larga lista de los ganadores de premios Nobel, al revisarla llamó mi atención la casi nula presencia femenina. Sin embargo, el nombre de Marie Curie destacaba porque había recibido no uno, sino dos premios Nobel. Algo extraordinario para cualquier científico y más aún tratándose de una mujer que nació a fines del siglo XIX cuando la presencia femenina en las aulas universitarias todavía constituía una novedad. Tiempo después, en un libro de francés encontré un breve artículo acerca de la vida de esta dama y una foto antigua en la que aparecía junto a su esposo. La serenidad y formalidad que mostraban en la imagen me hacía pensar que su matrimonio era más una asociación de inteligencias que una relación basada en el afecto y la ternura. Sin embargo, el nuevo libro de Rosa Montero “La ridícula idea de no volver a verte” me ha demostrado cuán equivocada era mi impresión sobre la relación de los Curie.
La reconocida escritora española Rosa Montero escribe acerca de la vida personal de Marie Curie motivada por un suceso personal: la pérdida de su pareja. Tan doloroso suceso la acercó al tema del duelo y a Madame Curie quien también había perdido a su esposo en un fatal accidente después de solo once años de casados. Así como Montero, los lectores también descubriremos cuán intenso era el afecto que sentía Marie Curie por su esposo y cuán especial era la relación que compartían. Quizás nació por un mutuo interés en la ciencia, pero se cimentó en algo más que eso: una atracción inevitable y una misma forma de ver el mundo. Así lo manifiesta la misma Marie en el diario que escribió tras la muerte de Pierre. Transcribo algunos conmovedores fragmentos que aparecen como apéndice en el libro de Rosa Montero.

30 de abril de 1906
Querido Pierre, a quien ya no volveré a ver aquí, quiero hablarte en el silencio de este laboratorio, donde no imaginaba tener que vivir sin ti. Y quiero empezar acordándome de los últimos días que vivimos juntos.
Me fui a St. Rémy el viernes antes de Pascua, el 13 de abril; pensaba que a Irène le sentaría y que, sin nodriza, allí sería más fácil cuidar de Éve. Hasta donde yo recuerdo, pasaste toda la mañana en casa y te hice prometer que nos alcanzarías el sábado por la tarde (…) Por la mañana te sentaste en el prado que hay en el camino del pueblo. (…) Me senté junto a ti y me tumbé, atravesada sobre tu cuerpo. Estábamos bien, yo sentía cierto remordimiento por si estabas cansado, pero te notaba feliz. Y yo misma tenía esa sensación que había experimentado a menudo durante los últimos tiempos de que ya nada nos turbaba. Me sentía en calma y llena de una ternura dulce hacia el excelente compañero que estaba allí conmigo, sentía que mi vida le pertenecía, que mi corazón rebosaba cariño hacia ti, mi Pierre, y me hacía feliz sentir que allí, a tu lado, bajo aquel sol hermoso y frente a aquellas vistas divinas del valle, no me faltaba nada. Eso me daba fuerzas y fe en el futuro, no sabía que no habría futuro alguno para mí.
(…)
Me quedé todavía un día más en St. Rémy y no regresé hasta el miércoles, en el tren de las dos y veinte, con mal tiempo, frío y lluvioso. El tiempo que te acabaría costando la vida. (…) Vine a buscarte al laboratorio el miércoles por la tarde. (…) Fuiste a buscar tu abrigo y sombrero a la habitación donde yo trabajo, y yo te esperé junto al barómetro. Volviste y nos dirigimos a casa de Foyot. (…) Después de cenar, nos juntamos de nuevo solo al momento de marcharnos. Volvimos a casa y recuerdo que delante de ella hablamos otra vez de ese tema de la educación que tanto nos interesaba. Te dije que la gente con la que habíamos hablado no entendía nuestra idea, que no veían en la enseñanza de las ciencias naturales más que una exposición de hechos cotidianos, que no entendían que para nosotros se trataba de transmitir a los niños un gran amor por la naturaleza, por la vida, y al mismo tiempo la curiosidad por conocerla. Opinabas como yo, y sentíamos que entre nosotros había una comprensión rara y admirable; si me lo dijiste en ese momento, ya no me acuerdo, pero cuántas veces no me lo habías dicho ya, Pierre mío: “Realmente, vemos todo de la misma forma”, o alguna frase análoga, cuyas palabras se me escapan ahora.
Y yo te respondía: “Sí, Pierre, estamos hechos para una existencia en común”, o alguna cosa por el estilo. El recuerdo del final de ese último día se me escapa, por desgracia (…),  Emma nos había avisado de que Éve estaba mala. Te hice quitarte los zapatos para no hacer ruido. Durante la noche, se despertó y tuve que cogerla en brazos. Luego la acosté entre los dos; te dije que necesitaba entrar en calor; tú dijiste algo animándome a cuidarla y consolarla, luego la besaste varias veces. (…) No me acuerdo bien de la mañana siguiente, (…) salías, tenías prisa, yo me estaba ocupando de las niñas, y te marchabas preguntándome en voz baja si iría al laboratorio. Te contesté que no lo sabía y te pedí que no me presionaras. Y justo entonces te fuiste; la última frase que te dirigí no fue una frase de amor y de ternura. Luego, ya solo te vi muerto (…)
Entro en el salón. Me dicen: “Ha muerto”. ¿Acaso puede una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos esa tarde, ya solo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre. Todavía y siempre repito tu nombre: “Pierre, Pierre, Pierre, mi Pierre”, pero por desgracia eso no hará que venga, se ha ido para siempre dejándome solo la desolación y la desesperación.




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