jueves, 5 de diciembre de 2013

"Mistela para dos" de Juan Manuel Chávez

Juan Manuel Chavez (Lima, 1976) es un joven escritor que ha sido galardonado en concursos nacionales e internacionales como el Copé de Cuento y el de Ensayo, el Concurso Nacional de Novela Federico Villareal (Perú) y el Certamen de Narrativa Breve “Mujeres en el arte” (España). Su obra está conformada por las novelas La derrota de Pallardelle (2004) y Ahí va el señor G (2009), el libro de cuentos Sonríen los desamparados (2006) y el trabajo de investigación La Guerra del Pacífico y la idea de nación (2010).

Este ya reconocido autor ha publicado uno de sus cuentos en el libro  Historias de siempre (2011) de nuestra editorial. Su cuento se titula “Mistela para dos” donde nos narra cómo se da el  encuentro entre el creador y su historia, como muchas veces la vida es Literatura, y en otras nos apoyamos de esta para sostenernos en este difícil mundo. Un cuento corto, pero de una gran carga emotiva, una historia que es contada de manera fluida y con grandes momentos  poéticos. (Gloria Pachas)



“Mistela para dos”
A Wilfredo Pacheco, por su generosidad

Ah, don Fulgencio, le reproché por última vez, en un intento inútil por convencerlo de que la vida no es la consejera infalible de la literatura; pero él, dale con asegurarme que cada detalle de su historia era cierto, incluso en lo increíble. Yo no encontraba camino para eludir su confianza: tú la haces de escritor, insistió, entonces, escribe sobre mi vida, muchacho. Y no era que a su tragedia le faltara hondura o sus hechos extremaran fantasías, sino que a mí no me alcanzaba el ánimo para aceptar el final desconcertante de su biografía. Voy de nuevo, me subrayó con afán didáctico, estrellando su copa con la mía mientras ordenaba de manera distinta su relato, iniciado ahora por la desdicha de la infancia. Cuando alguien dice cáncer, yo digo orfandad, maestrito: me robó a mi padre, y a mi madre también. ¿Sabes lo qué es sentirse morir a los quince años?, me preguntó sin necesidad de respuestas. Mis grandes ilusiones sucumbieron con mi viejo, me aseguró. Lo quería, carajo. Mejor: lo admiraba. La chacra, el trabajo, la obstinación, no sé, es tu viejo y eres joven. Yo ni siquiera había acabado el colegio y ya era un huérfano, ¿me entiendes? Y es que hay más: a mi madre la perdí antes, cuando faltaban escasos días para mi sexto cumpleaños. Existen fechas que nunca se borran. Solo recuerdo de ella sus colosales ojos negros brillando en su piel morena, después me enteré del viaje de urgencia que había emprendido y, al poco, la apurada explicación de papá en la mesa, sin féretro ni fotografías, entre la amargura y el llanto. Enfermedad mortal. Tumor maligno. No volverá, nos confirmó. Desde ahí se negó a tocar el tema, esclavizado por la ausencia insalvable. El viejo rehuyó cualquier pregunta siempre y así, seguro, el dolor que le produjo escondernos las respuestas verdaderas le enfermó los órganos internos con los años.
A veces ocurre lo contrario: el tiempo ayuda a trivializar lo que parecía problemático. ¿Acaso no sale otra vez el Sol cada mañana? Las heridas se sanan, muchacho. Conoces una chica y te deja. Conoces otra y la dejas. Conoces a la última y se resiste. Esa es la que vale. Paciencia es el apellido del amor, no lo olvides. Me casé, tuve hijos y envejecí; mientras tanto la casa se hizo grande, el jardín interior se convirtió en taller, las calles de polvo amanecieron asfaltadas y el televisor terminó por adueñarse de las cenas. Entonces, volvieron en serio los problemas.
¿Te acuerdas de los desmanes de la corriente del Niño?, maestrito. Existen ocasiones en que uno vuelve a ser pueblerino de un zarpazo, incluso teniendo teléfono y marchando cada fin de mes al cine. El terror se inició para nosotros bien al norte, en Piura. La mayoría de canales nos contaban a color sobre los lagos enormes que aumentaban a diario en el desierto de Sechura, de las lluvias destrozando sembríos y puentes, de las langostas y sapos deformes que confirmaban los vaticinios de las curanderas, del río desbordado enfermando parvulitos. Había rostros que lloraban las labores de toda una existencia sumergidas en el agua. El agua que genera vida, como lo hace el aire o la tierra, es capaz de destruir tanto, tanto... ¿Cómo vida y muerte se esfuerzan por pertenecer a la misma moneda?
La estación local ya profetizaba lo peor: “El diluvio no olvidará Trujillo”. Primero fueron gotas de verano y algún arcoiris; luego, olas arreciando las playas de Huanchaco. Una cosa es que te lo cuente y otra, ver cómo tu techo no aguanta tanto chapuzón del cielo y te hostigan goteras en la cara mientras duermes, se meten los bichos en la sopa del mediodía y el miedo es un traje de estreno que no te puedes quitar. La televisión fue la primera que murió con los recortes de electricidad. Bajo suerte tan adversa, la radio se encargó de traernos algo de música para engañar a la desilusión; pero bastaba con salir a la calle para presenciar la dimensión comunal de los males. En la emisora local se interrumpió un bolero de Luis Miguel para anunciar que el río Moche estaba creciendo y, en otra, “Guantanamera” de Celia Cruz, para asegurar que el Municipio se plegaba a la emergencia decretada por el Gobierno. Sin embargo, lo infame son los rumores: te punzan la espalda como puntiagudas patas de araña y no paran hasta enredar tus pesadillas. La tipeja de la esquina le dijo a mi Flor que los difuntitos del cementerio ya estaban flotando en fango. La más pequeña de mis hijas se asomó con la novedad de que éramos un pueblo siniestro que merecía castigo divino. No faltó un borracho que al pasar por mi casa habló del desplome de las residencias, de la comida que ya estaba escaseando, de los buses que ya no llegarían desde la capital, de la mierda que nos estaba tragando. Es feo que las cosas mueran cuando ya te has acostumbrado a ellas, las necesitas. Junto con el teléfono colapsó la radio y, al cabo de unos días, yo me sentía incompleto, mutilado. Las noches permanecían demasiado oscuras y las calles, irreparablemente inundadas. Al inicio, para los niños parecía una fiesta disfrutar su región convertida en Venecia; imagínate lo que fue después, cuando tuvieron que andar descalzos o con pantalones recogidos como mozuelos de puerto, echándole voluntad a los rezos de la familia, ansiando que todo acabase. Entonces, recobró su rancia autoridad el periódico. La Industria fue el último medio que aguantó lo que pudo. Contra la corriente, contra la lógica, el papel no terminó por hundirse. ¡Lo que es la modernidad! No llegarás a comprender por más que te lo cuente, la emoción que significa saber de las cosas lejanas cuando las esperanzas desfallecen. Es delicioso enterarte de gente que está bien, que hay risas esperando el mañana a pesar de la melancolía. Así, me encontré con el cartelito de los urgentes clasificados: “Calle Malambito 538, Lima”, y no quise formularme la pregunta por no encontrar la respuesta.
El anuncio completo traducía la angustia de una madre anciana indagando por sus hijos luego de cuarenta y siete años. El nombre de la firmante, dos más y uno de ciudad: Armina, Salomón, Fulgencio y Trujillo. El mensaje intentaba explicar el temor ante la muerte de “sus muchachos” con tamaña enajenación de la Naturaleza. “Si todavía han resistido el vendaval y en sus corazones queda espacio para el perdón, los espero desde toda mi vida”.
Había dos Salomón y ambos estaban muertos, el primero de cáncer antes de que yo  terminara el colegio. El otro, mi hermano, muchos años después, por una idiotez y sin tiempo para gritar auxilio cuando algo se le venía encima bajo una escalera de pintor descuidado.
Es difícil entenderte como padre cuando descubres de súbito que, quizá, todavía tienes oportunidad de ser hijo. Me tragué mis ansias y aguanté con todos a que el tiempo mejorase, a que los días fueran otra vez los buenos. El sol brilló de nuevo y fuimos ciudad de primavera en otoño, muchacho. Regresó la alegría; aunque en mí, caló como puñal la incertidumbre. Marcho a Lima, mujer, le informé a Flor una tarde después del trabajo. Me miró; no dijo nada. Se le escurrió de las manos la taza del café, levantó los hombros, renegó contra el estropicio en la loseta. Clavó sus ojos en los míos otra vez: no dijo nada.
La capital siempre me ha parecido más caricaturesca por televisión. En vivo, debe su encanto a la bulla, a su insolencia. Por mi parte, bastaban ocho soles para descifrar mi pasado luego de un taxi. Llegué a la esquina rosada y a la fachada morada de Malambito cinco tres ocho, sudando de ansiedad, de miedo. Toqué el timbre por un rato y nadie abría. Esperé con prudencia luego de cada intento, como si mi insistencia pudiera molestar; pero nada. Golpeé el macizo portón con ambas manos, impetuoso ya, pues hay tardes que no se pueden postergar; al fin y al cabo, me sentía un viejo niño sin familia exigiendo una verdad. Al abrirse la puerta, se asomó una negra cansada con ojos grandes y apagados: su cuerpo fue por entero una mirada. Los latidos siempre sabrán de los enigmas, rutas o soluciones que nosotros ni siquiera intuimos: mi pecho se acompasó a un redoble de tambor orquestado y sentí esa cosa absurda que demasiados llaman nudo en la garganta, excusa para el silencio. En fin, el asunto es que, sin esconder su asombro y menos aún, su angustia, la hermosa anciana se me plantó al frente y no paró de llorar.
El resto es historia privada, maestrito. Un marinero galante, una joven mujer embaucada, un marido humillado. Todos los rechazos y cuarenta y siete años para explicar la vergüenza de no encontrar la valentía para regresar. Una madre nunca debe someterse al perdón; con ser madre basta, pensé. Pero el corazón es traicionero y me marché llorando ahora yo la vergüenza de no saberla comprender. Una cosa es perdonar al pasado; otra, convivir con él.
Sabes, muchachito, tres días atrás se me murió de cáncer. Así se encarniza la vida con la ficción, no lo olvides...
Ah, don Fulgencio, resoplé luego de su observación. Solo eso tienes para decir, maestrito, reclamó indignado. No, mi querido amigo, le aclaré luego de apurar la sexta copa: Eso tengo para comenzar tu cuento.



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