domingo, 20 de abril de 2014

La caza de amor en Crónica de una muerte anunciada

Por Cecilia Salinas

En Crónica de una muerte anunciada (1981) Gabriel García Márquez, presenta un escueto epígrafe perteneciente al poeta portugués Gil Vicente “La caza de amor es de altanería”. Estas palabras que se anteponen al texto del relato nos brindarán algunos rastros para entender el aparentemente enigmático comportamiento de los tres personajes centrales de la mencionada novela: Santiago Nasar, Ángela Vicario y Bayardo San Román.
En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra altanería es definida como “altivez, soberbia”, pero también como “caza que se hace con halcones y otras aves de rapiña de alto vuelo”. Opinamos que ambas acepciones están presentes en la personalidad del protagonista, Santiago Nasar, entre cuyas aficiones se encontraba la cetrería. El hijo de Plácido Linero reunía todas las cualidades que le aseguraban una posición prominente en su pueblo: era joven, bien parecido, de buen carácter, rico y blanco, además era turco, grupo que había ganado respetabilidad entre los nativos por su laboriosidad y carácter pacífico. Las jóvenes lo consideraban un buen partido y sus amigos lo apreciaban realmente. Desdichadamente, la suma de esos atributos, casi siempre, va acompañada de arrogancia y excesiva seguridad de sí mismo, defectos que generan el rechazo de quienes no forman parte de su mismo entorno social. Son sobre todo, los pobres y marginados los que ven en él al típico representante de la clase que los oprime, por ello manifiestan abiertamente su aversión, incluso tras su muerte. Es el caso de Victoria Guzmán, la sirvienta de la casa, cuyos motivos para el odio eran muy fuertes. A ella le repugnaba la idea de que su hija, Divina Flor, se convirtiera un día en la amante del patrón, tal como le sucedió con el padre de Santiago Nasar. Este temor iba en camino de hacerse realidad, ya que el protagonista se esforzaba en reproducir el modelo de conducta de su progenitor para, de esa forma, asegurar la perpetuación del estilo de vida de su clase social. Así, tocaba indebidamente a la niña Divina Flor con una “mano de gavilán carnicero” (1), iba a casarse en un matrimonio por conveniencia, además practicaba la cetrería. Por eso, Victoria Guzmán se convierte en cómplice directa del asesinato del joven, pues habiendo sido avisada de las intenciones de los gemelos Vicario, ella decide callar de manera consciente lo que sabía facilitando la ruta de la muerte para el joven Nasar. En el momento decisivo, la mujer deshonrada logra triunfar sobre el hombre que la humilló vengándose en su heredero.
Por su parte, ¿qué motivos tuvo Ángela Vicario para decidir el destino de Santiago Nasar? La más joven de las hijas de los Vicario pertenecía a una de las familias más pobres del pueblo que, sin embargo, poseía un intenso orgullo, no exento de altanería. Debido a eso, el padre manifiesta que “o nuestras hijas se casan en nuestro chiquero o no se casan”(2), la madre, Pura Vicario, era la férrea defensora de la dignidad de la familia, no obstante no tiene reparos en forzar a su hija a un matrimonio no deseado. Pero es en la aparentemente “pobre de espíritu”, Ángela, en quien reconocemos las mayores señales de arrogancia: rehúsa ser casada por el propio obispo, no se viste con el traje de novia hasta la llegada de Bayardo (para evitar la vergüenza de ser abandonada en el altar), además “detestaba a los hombres altaneros” (3). Con frecuencia ocurre que aquello que más censuramos en los demás es lo que no resistimos en nosotros mismos. Por todo lo cual, resulta aún más irónico que haya sido a la “angelical” hija de los Vicario a quien la fatalidad haya elegido como emisaria de la muerte, pues la falta de Santiago Nasar es también la suya. A pesar de todo, en las manos de la joven se encontraba el destino de varios hombres: Santiago, Bayardo y sus propios hermanos, los considerados pacíficos Pedro y Pablo Vicario. Tal como en el significado de su apellido, ella recibe la autoridad para decidir por otros. Al final, se invierten los roles, los halcones son capturados por la palomas.
            Bayardo San Román, considerado por algunos personajes como la única víctima de esta tragedia, no lo es tanto ante los ojos del hado. Él también es culpable del pecado de soberbia. Su manera de seducir a Ángela, en realidad, a su familia, se da mediante la más desvergonzada ostentación: compra todos los números de la rifa de la ortofónica para impresionar a la joven, adquiere la casa del viudo Xius (provocando posteriormente su muerte) a un precio escandaloso, organiza la boda más cara que había visto el pueblo. Al igual que Santiago Nasar, Bayardo también estaba dotado con apostura, encanto personal e inmejorable posición económica, mas el relato de García Márquez nuevamente nos demuestra que nada de eso garantiza la felicidad, en especial si cometemos el error de pensar que ella puede adquirirse, como si el amor de una mujer pudiera estar en venta o ser “cazado”.
            Para terminar, nos parece que a semejanza de su novela más famosa; Cien años de soledad (1967), esta novela nos demuestra que el amor auténtico no debe confundirse con sentimientos de posesión o soberbia, quienes así lo hacen despiertan la furia de las misteriosas e invisibles fuerzas del hado, siempre vigilante y resuelto al castigo.

Notas
(1)   GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel, Crónica de una muerte anunciada, Seix Barral, 1985, pág. 23.
(2)   Íbid., pág. 64.

(3)   Íbid., pág. 47.

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